Archivo mensual: julio 2014

PARA UNA NUEVA CRISIS, OTRO MODELO

Los cambios que han experimentado las sociedades en apenas unos pocos años hacen del último cuarto del siglo XX y la primera década del XXI, uno de los escenarios más dinámicos de la historia contemporánea mundial. Estos cambios, que son bien visibles en el mundo de los hechos, aparecen más difusos en el mundo de las ideas.

Para muchos analistas, uno de los principales problemas que deben ser abordados es, la falta de adaptación a las nuevas realidades de unas ideologías que parecen haberse quedado súbitamente obsoletas e inservibles para analizar, entender y movilizar a las sociedades.

Este colapso ideológico no afecta únicamente -como en ocasiones se pretende y se vocea- a los dominios tradicionalmente de izquierdas. Si el derrumbe de los paradigmas socialistas históricos es evidente, no lo es menos que las grandes orientaciones liberales no son convincentes para enfrentar los nuevos retos de una sociedad al tiempo globalizada y fragmentada, en la que se han trastocado profundamente las relaciones sociales, desde los mercados y los modelos de producción hasta los valores y los comportamientos sociales.

En distintos foros, se cuestiona la pervivencia de la dialéctica liberalismo-socialismo democrático y se proclama de nuevo el ocaso de las ideologías; se anuncia el advenimiento de una sociedad pragmática e indiferenciada, en la que derecha e izquierda fagocitan sin grandes traumas, importantes segmentos del discurso ideológico del oponente tradicional. Ya no existen desde la centralidad lineal de este discurso, dos modelos de sociedad alternativos y las diferencias programáticas parecen reducirse a aspectos concretos, como la política fiscal o el tamaño de las Instituciones del Bienestar. La alternancia en el poder de partidos conservadores y socialdemócratas no produce alteraciones significativas en el modelo de desarrollo y, como consecuencia del vaciamiento ideológico, los partidos políticos  pueden llegar a convertirse en burocracias oligárquicas, sujetas a un funcionamiento vertical que oscurece la creación de ideas y absorbe la libertad del pensamiento ideológico.
Si alguna conclusión puede extraerse de los acontecimientos políticos económicos y sociales más recientes es que se ha visibilizado la consolidación del modo de producción capitalista que ya se venía anunciando. Las relaciones internacionales, sobre todo en el orden económico, sancionan esta situación, en la que ya no existe un modelo muy diferenciado y por tanto alternativo de sociedad, sino una gama de matices entre el liberalismo más pragmático y una socialdemocracia avanzada.

En el llamado Nuevo Orden Económico Internacional, los estados ven definido su papel esencial, así como las reglas de juego a las que deben someterse para hacer viables sus economías nacionales. Apenas sí caben heterodoxias en un mundo sometido a la lógica del mercado y la competitividad, tal y como lo interpretan desde la óptica de sus propios intereses los grandes centros internacionales de poder económico.

Vivimos un momento de importante incertidumbre en las economías, en los patrones del comercio internacional y en el reposicionamiento geopolítico de los países dominantes; la actual no es una crisis limitada al ámbito de las políticas sociales sino que se infiltra asimismo en las dimensiones más profundas de nuestra sociedad. Es, en opinión de distintos pensadores, algo más que una crisis cíclica; más bien, nos encontraríamos ante un período de transición, en el que la sociedad civil deberá aceptar un nuevo liderazgo integrador entre los estados y los mercados.

En este entorno restrictivo, la tendencia es que los discursos internos y las prácticas políticas de la izquierda europea se mueven entre dos polos: el pragmatismo neutral, (por conformismo o por escepticismo), y el fundamentalismo verbal, (por esclerosis o por incapacidad).

Es necesaria la aparición de un nuevo discurso que, sin
negarse a ver la realidad , diseñe las líneas maestras de un modelo de desarrollo político, económico y social que
asuma simultáneamente la tarea de crear eficazmente y distribuir solidariamente la riqueza; pero ello requiere sensibilidad para capturar las claves esenciales del comportamiento y necesidades humanas, creatividad para elaborar propuestas al tiempo innovadoras y realizables y proporcionalidad para encontrar los puntos de equilibrio en las dicotomías principales que hoy atenazan a la Sociedad: público-privado, eficacia-equidad, incentivación-solidaridad, mercado-regulación, competitividad-cooperación, pragmatismo-humanismo, calidad de vida- valores sociales, gasto público-endeudamiento, políticas sociales- política fiscal, calidad del empleo-cantidad de empleo, etc.

Durante las décadas pasadas, la dialéctica liberalismo-socialdemocracia ha garantizado que, en un contexto capitalista, se hayan obtenido en Europa avances sociales sin equivalencia en ningún otro momento de la historia, ni en ninguna otra región del mundo. Ello ha sido consecuencia de la acción política de los estados -sobre todo, pero no exclusivamente, cuando han sido gobiernos socialdemócratas los que han dirigido los diferentes países-, pero no es inteligente olvidar que ha sido factible gracias a la importante creación de riqueza producida básicamente como consecuencia del desarrollo de un aparato productivo y de un proceso de acumulación netamente capitalistas. Lo principal para la distribución de la riqueza, es que exista riqueza que repartir.

No es probable que, desde la izquierda, se pretenda socavar este modelo de desarrollo, en el que el capitalismo se ha  dotado de un rostro humano y en el que el papel del Estado se ha reforzado  considerablemente con respecto a los cánones  liberales tradicionales. Por otro lado, ese “rostro humano” se expresa en buena medida por el Estado de Bienestar, que en este momento es objeto de diatribas en relación directa con los actuales desequilibrios financieros.

En esta situación, cabe entonces preguntarse: ¿cuáles son las propuestas de la izquierda para el modelo de desarrollo de la Sociedad del siglo XXI? ¿Cuáles son las señas de identidad ideológicas del Socialismo democrático de hoy?

¿Es necesario cuestionar/reinterpretar los valores sociales tradicionales y/o incorporar otros nuevos al discurso político de la izquierda? ¿Cuál es el papel de los partidos de izquierdas en este contexto mundial? ¿Existe una base social identificable que pueda apoyar activamente las propuestas de avance del Estado de Bienestar?

Estas y otras preguntas no menos importantes deben ser formuladas para que sirvan de guión en la reflexión colectiva que hoy se entiende necesaria. Ningún ámbito -territorial o social- puede prescindir del cuestionamiento crítico que suponen, como punto de partida para elaborar un nuevo discurso político progresista capaz de proyectarse hacia el siglo XXI.