¿Y la reforma empresarial?

¿Y la reforma empresarial?

(10-04-2013)

Por Jonás Fernández Álvarez, economista.

Más allá de constatar la profunda recesión que atraviesa la economía español en el marco de la eurozona, sumando ya un lustro bajo el signo de la crisis, los datos de contabilidad nacional aportan otra información relevante que informa de cómo se está canalizando la deflación interna que debería hacer las veces de una devaluación, ahora imposible, para reanimar las exportaciones y, con ello, el crecimiento. Sin duda, bajo el actual marco institucional de la eurozona sólo una deflación, que retroalimente a corto plazo y con potencia las exportaciones, supone una vía para recuperar la actividad. Ahora bien, los socialdemócratas no deberíamos resignarnos a esta vía de ajuste, resituando el foco de la política económica en una integración más profunda en la eurozona que permita un mejor funcionamiento de la política monetaria y el uso de la política fiscal.

En cualquier caso, con independencia de esta batalla política, la economía española transita por ese proceso deflacionario con lentitud aunque con algunas noticias positivas como la notable reducción del déficit exterior, si bien es cierto que más apoyada en la caída de la demanda interna y, por ende, en las importaciones que en una reactivación de las ventas al exterior. En este sentido, esta peor evolución relativa de las exportaciones se puede explicar por el irregular comportamiento de la eurozona pero también habría que analizar cómo y a qué ritmo avanza el proceso deflacionario.

En primer lugar, hay que observar el comportamiento del nivel de precios. Desde el inicio de la eurozona hasta finales de 2008, la economía española había registrado un crecimiento acumulado de los precios en torno a un 10 por ciento por encima del promedio de la unión monetaria. En los últimos cuatro años el diferencial se ha estabilizado en esa franja pero no se ha registrado una caída relativa de los precios. Además, la inflación local se ha mantenido entre el 2 y el 3 por ciento en los últimos tres años, lejos de la deflación esperada.

Ciertamente, este comportamiento del nivel de precios no es exógeno a las recientes subidas del IVA. De este modo, cabría pensar que los precios de los bienes y servicios exportados podrían ser un mejor termómetro para evaluar la profundidad de la deflación. Sin embargo, el índice de precios de las exportaciones viene registrado crecimientos interanuales en el entorno del 3 por ciento durante los últimos años, con la única excepción del ejercicio 2009 en el que, como en el IPC ordinario, se registraron crecimientos negativos. Así pues, el proceso de deflación de la economía española va muy lento y además no acaba de corregir el diferencial acumulado durante los años de la burbuja. Por todo ello, hay que preguntarse cuáles son las razones que impiden la adaptación de los precios relativos al entorno recesivo que ya dura cinco años.

Con los datos de contabilidad nacional a cierre de 2012, la remuneración de asalariados se redujo en términos nominales un 10,5 por ciento acumulado desde 2008, lo que supone una caída en promedio anual del 2,7, acentuada en el último año donde se registró una rebaja adicional del 5,4 por ciento. Es cierto que una parte sustancial de esta rebaja de la masa salarial se explica por la notable destrucción empleo, conducida por la especialización sectorial en la construcción y por un marco legal que viene incentivando el despido como vía menos costosa de ajuste. De este modo, la remuneración por asalariado siguió creciendo hasta 2012, si bien en este último año los costes salariales por empleado ya registraron una caída del 0,3 por ciento. Así pues, no se ha observado hasta muy recientemente una  deflación sustancial en el factor trabajo que hubiera permitido un ajuste de los precios finales y, con ello, una recuperación de la actividad.

En todo caso, existe una vía alternativa para conducir esa deflación competitiva. Es cierto que una opción para mejorar la competitividad pasa efectivamente por la reducción de los salarios, pero otro camino alternativo conduciría a un incremento relativo de la productividad respecto a la remuneración por asalariado. Es decir, si una empresa mejora la productividad del trabajo en mayor medida que la variación de sus costes salariales, aunque éstos también puedan aumentar, la competitividad habría aumentado. La relación entre la remuneración por asalariado y su productividad se denomina “costes laborales unitarios”.

Pues bien, desde 2008 a final de 2012 el coste laboral unitario cayó un 5,2 por ciento en el acumulado de los cuatro años en términos de puesto de trabajo equivalentes, alcanzando el 7,4 por ciento en puestos de empleo brutos. Esta reducción supone un ajuste en promedio anual del 1,3 por ciento. Además, en 2012 la contracción alcanzó el 3,4 por ciento.

Por todo ello, siendo cierto que la remuneración por asalariado no respondió a la crisis hasta 2012, reflejando así un desfase que explica que el ajuste de empleo se haya centrado en la extinción de contratos, los costes laborales unitarios presentan un ajuste notable. Y esta reducción relativa de la remuneración por asalariado respecto a su productividad ha elevado la competitividad de las empresas nacionales que deberían haber podido trasladar tal mejora a los precios finales.

Para completar este modesto análisis hay que observar la evolución de los márgenes de beneficios. El excedente bruto de explotación ha registrado un crecimiento desde 2008 hasta el presente del 3,6 por ciento nominal acumulado, que contrasta obviamente con la caída total de la renta del país en el mismo periodo del 3,4 por ciento. Es más, en el año 2012 mientras que el PIB nominal mostró una caída del 1,1 por ciento, el excedente bruto de explotación aumentó un 2,2 por ciento. Ahora bien si el conjunto de la retribución del capital ha aumentado, habría que preguntarse cuál ha sido la evolución del pago por unidad de capital.

Para realizar esta comparación habría que conocer el stock global de capital de la economía española para que, al igual que con la remuneración por asalariado, se pudiera extraer una retribución por unidad de capital, evaluando así la deflación nominal de este factor de producción. Sin embargo, no existen series actualizadas del stock de capital aunque sí se puede aproximar su evolución a través de la inversión.

En este sentido, la inversión ha venido cayendo a tasas nominales de dos dígitos durante los últimos años de modo que es muy probable que la depreciación del mismo sea ya mayor que la nueva inversión. Si fuera así, el stock de capital se habría reducido sensiblemente. La destrucción de empresas está siendo muy importante y, además, las tasas de utilización del capital están reduciéndose significativamente. Por todo ello, resulta razonable esperar que el capital utilizado en la actualidad por la economía no sea en ningún caso mayor al observado antes de la crisis. De este modo, el incremento de la retribución global del capital, acompañado de una reducción del stock de capital, conduce a un crecimiento de la retribución por unidad de capital. Es decir, la retribución por unidad de capital no ha mostrado deflación alguna lo que contrasta con la caída, aunque tarde, de la remuneración por asalariado.

En todo caso, al igual que con el trabajo, resulta necesario estudiar la evolución de los costes del capital en relación con su productividad. Es decir, hay que analizar el comportamiento de los costes de capital unitarios. Pues bien, desde el inicio de la crisis los costes por unidad de capital en relación con su productividad han aumentado un 7,2 por ciento acumulado en el periodo, lo que contrasta con la notable caída observada en los costes laborales unitarios.

Así pues, la retribución del capital no parece haber internalizado el entorno recesivo de la economía española que debería haber exigido una deflación en su retribución o bien un incremento de su productividad relativa a los costes.

Este comportamiento divergente entre uno y otro factor de producción debe evaluarse a la luz de la evolución del nivel de precios, donde no se observa el arranque de un proceso deflacionario suficiente para reactivar las exportaciones al ritmo necesario para que la propia reducción de costes nominales no introduzca al país en una espiral depresiva ante el incremento de las ratios de deuda. Y la conclusión conduce a defender que el trabajo suma ya varios ejercicios contribuyendo a mejorar la competitividad con un crecimiento de su productividad superior al incremento de la remuneración por asalariado y, en el último ejercicio, con una caída propiamente dicha de los salarios. Sin embargo, no se observa un comportamiento similar en la retribución del capital. Dicho de otro modo, sólo el trabajo está sufriendo el ajuste necesario para recuperar la actividad bajo la única estrategia posible en la actual unión monetaria. Esta evidencia concluye en dos grandes recomendaciones.

Por una parte, todo parece indicar que la vía deflacionista no tendrá el éxito necesario para salvar la situación de modo que, aunque parece la única opción, la socialdemocracia debe centrar una parte sustancial de su capital político al servicio de una mayor integración económica, elevando la coherencia de la eurozona de tal modo que permita un uso de la política fiscal paneuropea sin miedos ante una posible ruptura de la unión. Además, tal paso permitiría también una mejor traslación de la política monetaria, condición necesaria para rebajar los costes de financiación y permitir la revisión de la política fiscal.

Y por otra parte, este esfuerzo político debe ir acompañado de una ambiciosa agenda nacional dirigida a acentuar la competencia de los mercados de bienes y servicios para permitir que la mejora de la competitividad del trabajo se traslade a los precios finales y, con ello, reactivar el crecimiento. Hasta ahora apenas está registrando un traslado de rentas del trabajo hacia el capital, impidiendo además la recuperación de la actividad.

Por todo ello, es importante reivindicar la Estrategia de Economía Sostenible del último gobierno socialista, dirigida a elevar la competencia en todos los mercados como herramienta de crecimiento y de oportunidades. De haber sido aplicada, en la actualidad, mientras se impulsa un paso integrador en la eurozona, la economía podría estar canalizando esa deflación competitiva más equitativa y eficientemente y, por lo tanto, podría estar más cerca la recuperación.

En este entorno llama aún más la atención el nuevo proyecto del gobierno conservador para unificar los organismos reguladores sectoriales y la Comisión Nacional de Competencia, trasladando el poder de la investigación en los casos de supuestas prácticas anticompetitivas al ministerio. Tal es el escándalo  que ha tenido que intervenir la Comisión Europea para refrenar una tentación intervencionista que, en manos del actual gobierno, parece evidente a quienes terminaría por proteger.

España no saldrá de esta crisis hasta que Europa revise su estrategia pasando del actual modelo deflacionista a un proyecto de profundización en la integración. Pero, en todo caso, a la espera de ese cambio europeo, debemos acelerar este camino deflacionista centrado en el incremento de la productividad del trabajo y del capital, que permitiría elevar la competitividad sin reducir la retribución de los factores. Sin embargo, sólo el trabajo está contribuyendo en tal proceso mientras los costes de capital unitarios se elevan permanentemente. Esta evidencia pone el foco de la política económica en la reforma de los mercados de bienes y servicios donde no caben oligopolios ni el poder de mercado para unos pocos.

 

Jonás Fernández Álvarez, economista.

2 respuestas a ¿Y la reforma empresarial?

  • Carlos Arias dice:

    Jonas. Gracias por un gran comentario como siempre. Tengo una duda. Al final, la remuneracion es un precio en un mercado con su regulacion, sus factores de oferta y de demanda. Entiendo que la regulacion, factores de oferta y de demanda nacionales afectan al trabajo por tratarse de un factor poco movil a nivel internacional. Pero, el factor capital tiene movilidad internacional y la remuneracion tiene que ver con los mercados internacionales. No entiendo como se puede cambiar esa remuneracion con politicas de aumento de la productividad.

  • Eticus dice:

    Efectivamente:
    Mucho se habla se reforma laboral y nada de reforma empresarial. ¿Es que las empresas lo hacen todo bien? Más bien yo diría todo lo contrario, ya que algunos estudios indican que la empresa española es bastante desastrosa (y si el que organiza es un desastre, ¿cómo va a resultar efectivo el buen trabajador?)

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *

Puedes usar las siguientes etiquetas y atributos HTML: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <strike> <strong>